El poder de los sueños

El poder de los sueños

Soñar es escribir. Escribir es soñar. Algunos, como yo, escribimos lo que soñamos, y otras veces, mejor soñamos lo que escribimos. Es una elección. “Eva surge de un sueño de Adán, y Jacob, con una piedra como cabezal, sueña el cielo y la tierra, y la comunicación entre ambos. José sueña a su vez, y sus hermanos, cuando le ven acercarse desde la lejanía, dicen: «Ahí viene el soñador». Ya en Egipto, el faraón tiene un sueño y José lo interpreta. Todo esto sin salir de las páginas del Génesis”. Y aunque Calderón de la Barca intentara reducir el sueño,...

¿Por qué escribo?

¿Por qué escribo?

No hay un solo escritor, diletante o profesional −no importa lo que esas categorías representen−, que no se haya hecho esta pregunta alguna vez. ¿Hay una respuesta que dignifique a todos los que transitan un oficio tan cruel, que roba la vida, que agota hasta el delirio o la perdición, que reblandece las raíces constantemente y nos enfrenta a la voracidad de un mundo con el que, me atrevo a asegurar, casi ningún escritor se identifica en lo esencial? No lo creo, y no vengo a dar respuestas, sino a poner semillas para que cada uno las haga germinar en...

El poder de las ficciones o mi Testamento

El poder de las ficciones o mi Testamento

Hoy vengo a hablarles, lectores y escritores, amigos, talleristas, y todo el que quiera escuchar y compartir, sobre el inabarcable universo de las ficciones. No pocas veces se ha decretado la muerte del libro, incluso prematuramente; tanto, que el libro se ha reído en la cara del mundo, y ha decidido, él solo, reconstruirse. En La frontera indómita, uno de esos libros fascinantes con el poder de cambiar el curso de la Historia, Graciela Montes, desde varias década atrás, declara en crisis la fe poética y el pacto con la ficción. Qué triste me sentí cuando la leía, porque lo que...

El escritor frente a la industria editorial

El escritor frente a la industria editorial

El mercado editorial llegó al siglo XXI desgastado pero tratando de sostener viejos rezagos: una industria desigualmente distribuida, cuyas ganancias básicas se las quedan los distribuidores —los menos comprometidos con una obra—, y luego editores y libreros. Lo fundamental había dejado de ser la calidad literaria. El escritor pertenecía a una cadena de valor que le redituaba el 10%, si iba bien, porque en muchos casos ese 10% nunca llegaba; se volvía 0. Las grandes empresas se habían apoderado de la oferta y la demanda, y basaban su éxito en los pesos ingresados, dándole al escritor nimios privilegios. Los poderosos...