El escritor frente a la industria editorial

El escritor frente a la industria editorial

El mercado editorial llegó al siglo XXI desgastado pero tratando de sostener viejos rezagos: una industria desigualmente distribuida, cuyas ganancias básicas se las quedan los distribuidores —los menos comprometidos con una obra—, y luego editores y libreros. Lo fundamental había dejado de ser la calidad literaria. El escritor pertenecía a una cadena de valor que le redituaba el 10%, si iba bien, porque en muchos casos ese 10% nunca llegaba; se volvía 0. Las grandes empresas se habían apoderado de la oferta y la demanda, y basaban su éxito en los pesos ingresados, dándole al escritor nimios privilegios.

Los poderosos editores, y también los medianos y los pequeños, habían dejado de buscar los grandes textos o a los talentosos escritores. Se enfrascaban en los que vendían, los que tenían muchos seguidores en Facebook o estaban dispuestos a publicar sin cobrar, solo porque su obra fuera leída. A la fecha esta sigue siendo la situación, y los que están en este último caso son aún la mayoría.

¿Cómo lidia una editorial pequeña con los monstruos editoriales? No puede. Para sobrevivir, asumían condiciones de publicación más o menos similares que las grandes. Mientras el escritor daba coletazos ciegos de incertidumbre, porque además, con las imprentas digitales esas pequeñas editoriales que antes se rompían el pecho para publicar mil o 2 mil ejemplares, que estarían largo tiempo dando vueltas hasta llegar otra vez a las manos del escritor o a los libreros de viejo, ahora reducían su riesgo publicando 50, 100, 200 ejemplares. Sacando nuevas ediciones de minúsculos tirajes si les iba relativamente bien con un libro. ¿Y el escritor? Esperando en casa el paraíso prometido, sin plata y sin los derechos de su obra por los años de los años. Lo que es todavía peor, con un minúsculo grupo de lectores.

Los editores continúan exigiendo contratos de 5, 7 o más años, pero solo publican y promocionan para los primeros 18 meses. Después de ese tiempo, “todo el mundo lo sabe”, el libro ha cumplido su objetivo. Si el escritor no regresa pronto con una novela nueva, está frito. Rulfo se habría calcinado en el infierno con una obra tan reducida, por inmensa que fuera. En esta batalla por publicar, sobra decirlo, la gran afectada es la calidad literaria y la verdadera hondura de una literatura que represente nuestro tiempo y lo trascienda. ¡El arte sufre, el mundo sufre!

Pareciera que a los lectores solo nos interesa lo que saldrá en el último año, está en la mesa de novedades y será reemplazado rápidamente por una nueva obra de un nuevo autor. Y así, hasta que alguno se convierta en Best Seller.

Significa creer que a los lectores ya no buscamos a los clásicos, o las obras eternas de la India, la China o el África, solo porque nadie las ha traducido a un idioma que podamos leer. Y viceversa. Implica asumir que los lectores estamos felices con la selección que hacen los editores… ¡Claro, es lo que se vende! Porque la industria ha impuesto sus normas, ha modificado los hábitos de compra y forma lectores inhábiles, mutilados, incapaces de elegir sus historias, acostumbrados a que les cambies unos pesos por unas horas de distracción.

El escritor dejó de pedir privilegios y comenzó a pedir favores, o a tratar de ocupar puestos académicos o de gobierno que les permitiera viabilizar el camino hacia la publicación. Esto viene pasando hace muchas décadas, nada es nuevo ni reciente. El limbo editorial funciona como los malos gobiernos, todo el mundo lo reconoce, pero nadie hace por cambiar el status quo. Se teme lo peor. Y, en definitivas, ¿qué es un escritor si no puede publicar su obra?

Durante el siglo XXI, la revolución tecnológica y las nuevas tecnologías de la información, algunas cosas cambiaron. El editor pretendió hacer causa común con el escritor, porque necesitaba de sus redes sociales para promocionarlo y venderlo. El escritor, que antes tenía que invertir años de alma y consciencia para escribir su obra, casi siempre en tensas situaciones económicas, ahora además debía pagarse los viajes de promoción, ahorrar todo el año para ello, y dedicarse diariamente en las redes sociales a alimentar a sus numerados compradores, potenciales lectores, la mayoría amigos que quieren “ayudar al artista”, como tanto reclamamos sin pensar en la violencia de la frase. Y estos son los afortunados. 

Los empresarios, los gobiernos y las instituciones culturales tienen cosas más urgentes de qué ocuparse. La literatura y la poesía siguen teniendo su privilegiado espacio en el mundo de los utópicos y soñadores. Los escritores y los lectores avezados conocemos el verdadero poder de las palabras y las historias. Si no lo defendemos nosotros, no habrá tiempo para reivindicar la imaginación ni la fantasía en los abultados laberintos de la información, donde el libro tradicional tiene todas las de perder, por su precio, por su acceso, por el márquetin de pacotilla que recibe hoy la literatura, y porque tampoco los escritores queremos decir públicamente lo que nos sucede. ¡No sea que no nos vuelvan a publicar nunca más!

Hoy pequeñas editoriales y proyectos buscan nuevas condiciones para los libros, la calidad literaria, la publicación, los artistas, los caminos de las obras, las vías de acceso a mejores lectores… No todo está perdido. Más bien, todo está por comenzar, por reinventarse, por refundarse. Nos toca a los escritores compartir y defender el valor de nuestro trabajo.

Por Gabriela Guerra Rey