El poder de los sueños

El poder de los sueños

Soñar es escribir. Escribir es soñar. Algunos, como yo, escribimos lo que soñamos, y otras veces, mejor soñamos lo que escribimos. Es una elección.

“Eva surge de un sueño de Adán, y Jacob, con una piedra como cabezal, sueña el cielo y la tierra, y la comunicación entre ambos. José sueña a su vez, y sus hermanos, cuando le ven acercarse desde la lejanía, dicen: «Ahí viene el soñador». Ya en Egipto, el faraón tiene un sueño y José lo interpreta. Todo esto sin salir de las páginas del Génesis”.

Y aunque Calderón de la Barca intentara reducir el sueño, al sueño, en el poema apócrifo, “No te detengas”, Whitman dice: “No dejes de soñar, porque solo en sueños es libre el hombre”. El hombre es libre cuando sueña, y cuando es libre, escribe. Porque la libertad es el preámbulo de la literatura.

Cuando Alicia se queda dormida en la tibia yerba, se sueña a sí misma cayendo por el agujero, detrás de un conejo blanco que la llevará a vivir las memorables aventuras que todos los niños de todas las generaciones futuras habrían de experimentar asombrados a corta edad, y de reinventar en el camino si se atreven a no detener el instinto de soñar.

Era en las madrugadas de sueños que Peter Pan, un eterno adolescente de la tierra de Nunca jamás, venía a rescatar a Wendy y sus hermanos para llevarlos a aquel país con piratas, sí, pero también con hadas, donde la libertad estaba garantizada porque no había que crecer.

Hölderlin, el mismo poeta alemán que se lamentaba de haberse vuelto tan razonable en vuestras escuelas, el loco, creía en el hombre como “un dios cuando sueña, y un mendigo cuando reflexiona”. Él, ese loco, jugó a ser dios. Y porque es dios seguimos creyendo en sus palabras, como en las de Whitman, porque las palabras y los sueños nos liberan y nos conceden una porción imprescindible de divinidad.

Hace cinco siglos, y sin saber que fundaría la tradición novelesca del mundo hispano, Cervantes soñó a un Hidalgo, como él, sobre un rocín escuálido, como su jinete, y lo dispuso, en su delirio por los libros, a recorrer el mundo tras un sueño tan imposible como ideal: hacerse un justiciero caballero andante. El sueño de Cervantes y el sueño del Quijote son quizás las dos referencias más vivas de la tradición hispanoamericana de las letras y las bellas artes: “Creer en un sueño imposible / Con fe una estrella alcanzar…”.

Un poco más cerca en el tiempo, un piloto de correos francés soñó a un Principito que venía de un asteroide a la Tierra en busca de otra libertad, la de los amigos. Tenía baobabs como maleza, una flor vanidosa y, sin saberlo, poesía también todas las estrellas. El piloto puso en los ojos de todos los infantes, que son la semilla de la humanidad, la presencia de este niño celestial, que quería una oveja para proteger de los tigres a su rosa, cuya única defensa eran sus insignificantes espinas y su vanidosa belleza, y mientras él se preocupaba por una flor, corría el riesgo de morir de sed a miles de millas de toda región habitada. ¿Quién ha dudado alguna vez de la veracidad de este sueño?

Como ves, lector, mi pretensión de hoy es simple: ejemplificar, así al azar, el sueño como tema imprescindible de la tradición literaria gracias a su poder redentor de libertades. Y lo hago en defensa de los soñadores, que hemos sido más veces vilipendiados que halagados, cuando es en el sueño donde el mundo apenas comienza a ser una historia que habremos de narrarnos hasta el fin de los días.

Cierro mi columna con la pregunta que se hizo Coleridge entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, y que tanto atormentó a Borges, otro soñador de fina poética:  “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”.

 

Por Gabriela Guerra Rey